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Pensamiento crítico

Atesorando

Aprendiendo a pensar con rigor

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307 - Atesorando

Enviado por Emilio del Barco - 11 Agosto 2007
Los templos de Ammon-Ra eran espléndidos, con todos sus enseres de culto revestidos de oro. El recuerdo de tales templos se ve vivo en la descripción de Moisés para el Templo del Señor. Lo que sí está claro es que, hubo un antes y un después, en la concepción del lugar de culto. Antes del Éxodo, debía ser un lugar pobre, sencillo, un simple montón de piedras sin labrar, lo más cercano a la

Naturaleza posible. Después, se transforma en un conjunto palaciego rutilante, tras la iniciación del Éxodo, bajo el peso y la influencia del oro tomado al pueblo egipcio.

También, junto al Tabernáculo, que desapareció, con el tiempo, fue admitido, durante centurias, el tronco de encina de Aserá o Astarté, diosa madre fenicia, símbolo de la fecundidad.

El culto de Ammon, traído de Egipto, siguió vivo un tiempo entre los judíos, conviviendo con el de Yahvé. Sus ceremonias eran toleradas en el Templo. Al pasar a Judea, Ammon había sólo cambiado su cabeza de toro por unos cuernos de carnero, más estéticos y acordes con el pastoreo de ovejas que ejercían los hebreos. Tal figura era, también, la aceptada para el Dios-Sol entre los Fenicios. Hubo incluso algunos reyes de Judea que llevaron el nombre de Ammon, así como también un hijo de Lot, de quien descendieron los Ammonitas. El nombre de Ramón ha trascendido hasta la actualidad. El culto de Ammon pasó luego, a través de los fenicios, a la mitología griega.

Los Arios, habitantes del antiguo imperio persa, veneraron a Agni, dios del fuego y los holocaustos. En su desplazamiento, lo trasladaron con ellos a la India, donde aún es venerado. Respecto al fuego,

que, en algunas religiones antiguas, llegó a ser el centro de todas las ceremonias, quedan vestigios palpables en las creencias más evolucionadas. Ciertamente, existe una distancia desde el papel principal que ostentaba el fuego de Vesta, en la antigua Roma, mantenido vivo durante todo el año por las vestales, sacerdotisas vírgenes dedicadas al culto de la diosa. O la importancia que revistió entre las religiones iranias, o arias, en Persia y la antigua Mesopotamia, donde el mismo fuego era el dios. Sin embargo, quedan restos inconexos entre todos nosotros. No es ajeno a la cultura europea el que la Biblia trate al fuego del sacrificio como sagrado y que el incumplimiento de las reglas para su mantenimiento, o la negligencia en el encendido de los pebeteros, pudieran ser causa de condena a muerte, para los sacerdotes y levitas encargados de esta tarea.

Los fuegos del solsticio de verano, en la noche de San Juan, con sus connotaciones orgiásticas, pueden ser una referencia. Se festejaba la fecundidad de la Tierra y, al final, como homenaje a los dioses, se prendía fuego a los rastrojos, para ayudarla en su labor productiva. Las lámparas que arden, noche y día, ante el Santísimo, en las iglesias católicas, o las encendidas ante las Benditas Animas del Purgatorio y las velas ofrecidas a las imágenes sagradas, tienen raíces profundas. En el

antiguo Egipto, el fuego era considerado el medio purificador, sirviendo también de castigo a las almas condenadas. Entre las antiguas creencias judaicas, se admitía la temporalidad finita del Infierno; esta modalidad de Infierno limitado, pasó a ser el Purgatorio en el Cristianismo. No olvidemos que el

propósito del fuego en el Purgatorio es purificador. Cuando la catarsis se completa, termina el proceso. Quizá debamos recordar que, una de las tareas a cumplir por el dios Adonis, era descender a los infiernos, de forma ocasional, para rescatar a las almas atormentadas, que hubiesen cumplido su castigo.

Si repasamos la Biblia, veremos que Adonai, nombre bíblico hebreo de Dios, significa %u2018mi Señor%u2019, derivado de Adon, Señor, seguido de un sufijo, que denota propiedad. Misma raíz y misma traducción que Adonis, dios prehelénico, de gran arraigo en Asiría. Era el señor de la vegetación, la fertilidad y la resurrección, que moría en invierno y resucitaba cada año, con la llegada de la primavera. Las variantes del nombre dependen, principalmente, del idioma en que se lo citase. Alá también significa el Señor, el Dios

Autor: Emilio del Barco

Libros de interés, del mismo autor:

De la hoguera al cielo. Ed. Artesanía Literaria. Gran Canaria (España) ISBN 84 - 95575 - 32 - 9
Magia religiosa. Ed. Artesanía Literaria. Gran Canaria (España) ISBN 84 - 95575 - 08 - 6