La evolución también postula que los organismos actuales deberían exhibir una diversidad de estructuras, desde las más simples hasta las más complejas, que reflejen una historia evolutiva en lugar de una creación instantánea. El ojo humano, por ejemplo, es el resultado de un largo y complejo sendero que se remonta centenares de millones de años atrás. En un principio fue un simple ocelo con un puñado de células fotosensibles que proporcionaban información al organismo sobre una fuente relevante de la susodicha luz; luego se convirtió en un ocelo superficial, en el que una pequeña hendidura llena de células fotosensibles ofrecía datos adicionales sobre la dirección de la luz; a continuación en un ocelo profundo en el que unas células adicionales contenidas en una cavidad aún más profunda proporcionan información más precisa sobre el entorno; después en un ojo con una mirilla capaz de proyectar una imagen en la parte trasera de una capa de células fotosensibles muy profundas; luego en un ojo con una lente capaz de enfocar la imagen; después en el ojo complejo que puede encontrarse en mamíferos actuales como los seres humanos.
En realidad, la anatomía del ojo humano nos ofrece evidencias de cualquier cosa menos de un diseño «inteligente». Está construido del revés y hacia atrás, lo cual exige que los fotones de la luz atraviesen la córnea, el cristalino, el humor acuoso, los vasos sanguíneos, las células ganglionares, las células amacrinas, las células horizontales y las células bipolares antes de rebotar hacia los conos y los bastones fotosensibles que traducen la señal luminosa en impulsos neuronales los cuales son enviados al córtex visual, situado en la parte trasera del cerebro, para ser procesados y convertidos en figuras significativas. Para que la visión fuera óptima, ¿por qué un diseñador inteligente construiría un ojo del revés y hacia atrás?
Comenta Hitchens: La razón por la que somos tan miopes es porque hemos evolucionado a partir de bacterias ciegas con las que ahora hemos descubierto que compartimos ADN. Disponemos de la misma óptica mal concebida, equipada con un punto ciego retiniano «diseñado» de forma deliberada, mediante la cual esos mismos seres humanos afirmaron haber «visto» milagros «con sus propios ojos». El problema en esos casos se situaba en algún otro lugar del córtex, pero no debemos olvidar jamás la sentencia de Charles Darwin de que hasta el más evolucionado de nosotros seguirá portando «el sello indeleble de su bajo origen».
© Dios no es bueno, Chistopher Hitchens, pag. 97-78.
Fuente:
El averno
Bajo licencia Creative Commons