El rito de la fecundidad se celebraba, en Mesopotamia, la noche del año nuevo, que coincidía con el principio de la primavera. En ella, como llamada al despertar de las fuerzas vitales de la primavera, se unían el rey y una sacerdotisa de Astarté, antecesora de Venus, con múltiples ocupaciones, como diosa de la Tierra, la fecundidad, el amor, y la maternidad, para engendrar al futuro rey. Con ello, se conjuraba a las fuerzas naturales, en favor del país. El rey lo hacía en representación del dios Tammuz, un primitivo Adonis, dios fenicio (Adonai), creador y fecundador. La sacerdotisa, como personificación de la diosa madre. Es digno de tener en cuenta que, en el templo de Salomón, se albergaban tanto Adonai como el tronco de encina, símbolo de Astarté. Las religiones, todas, van adaptándose a los tiempos. Aún cuando lo hagan paulatinamente, con gran retraso, todo lo existente cambia. El pueblo hebreo, evidentemente, también absorbió creencias y costumbres de los pobladores de tierras en las que vivió, sucesivamente. Las verdades %u2018eternas%u2019 siempre adquieren matices, a través de los tiempos. Hay principios básicos que se tarda siglos en descubrir, matizar y fijar. Su adaptación y adopción, dependen más del posible efecto de aceptación, para fijar la atención y atracción de los creyentes, que de la veracidad probada de la innovación.
Lo patente es que, las condiciones de vida de cada pueblo, determinaron también la naturaleza de sus creencias y la evolución de sus dioses.
Aún cuando no se tengan evidencias incontrovertibles, es lógico pensar que la magia, más inmediata en sus medios y fines, fuese el embrión de donde surgieron las religiones. Como así se ve en los pueblos naturales de la actualidad. Posteriormente, los nómadas adquirirían dioses pastores, los agricultores dioses de la fecundidad y de los ríos y, todos ellos, dioses guerreros que los defendiesen de sus enemigos.
En las civilizaciones más antiguas conocidas, la lluvia era tenida como la portadora de la fecundación de la Tierra por el cielo. En el caso de los fenicios, pueblo semita, emparentado con el pueblo hebreo y habitante de las mismas tierras, Adonis representaba al Cielo y Astarté a la Tierra.
Era habitual que, las fiestas de inicio de la primavera, señalasen el principio del año agrícola. Y que los deseos de abundancia, procreación y fecundidad, fuesen invocados con sesiones orgiásticas. Su transposición actual la encontramos en algunas sesiones de macumba, basadas sobre tradicionales ritos africanos, que han quedado más cercanos a su origen. Para que la lluvia llegue en el momento más oportuno, se han de hacer sacrificios e invocaciones. En las culturas indígenas sudamericanas actuales, tal como sucedía en las civilizaciones de la India o Grecia, también al semen se lo relaciona con el agua y a la mujer con la tierra.
Atargatis y Aserá, son divinidades de gran semejanza, vecinas y contemporáneas en parte, que luego dieron origen a subdivisiones tales como Afrodita, Atenea, Venus, Ceres, Demeter y Cibeles. Tanto Afrodita como Atenea, parecen provenir de un desdoblamiento de Astarté, diosa semita de la fertilidad, y, al tiempo, fiera protectora de su ciudad, Astarit. Amor y guerra unidos, en una sola divinidad. Llegada a Atenas a través de la extinguida civilización micénica. Esta doble función, de amante y guerrera, celosa madre protectora de su prole, es lo que da lugar a su fraccionamiento. Afrodita asumió el amor, Atenea la guerra. Ya sobre el año 1500 antes de Cristo, se confirma su asentamiento diferenciado en Grecia.
Autor: Emilio del Barco
Libros de interés, del mismo autor:
De la hoguera al cielo. Ed. Artesanía Literaria. Gran Canaria (España) ISBN 84 - 95575 - 32 - 9
Magia religiosa. Ed. Artesanía Literaria. Gran Canaria (España) ISBN 84 - 95575 - 08 - 6
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