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Pensamiento crítico

La historia de un embaucador al que nadie parecía querer pararle los pies

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1247 - La historia de un embaucador al que nadie parecía querer pararle los pies

Enviado por R. Barzanallana - 12 Julio 2009
A Coté se lo conocía en Ferrol por un modesto gimnasio del barrio de Santa Mariña, en los años ochenta. Pero uno de sus clientes, tal y como sostiene ahora, comenzó a sospechar del personaje. «Me sorprendió que, de pronto, un día cualquiera, mi maestro de taichí me dijese que se había hecho médico», comenta ahora R.A. Muchos de quienes entonces trataron de descabalgarlo de sus fantasías, como su amigo personal C.P., recibieron el reproche como respuesta. «¿Cómo me iba a creer que se había hecho médico en pocos meses en América?». Pero le dijo que no lo entendía. Ahora sus antiguo alumno recuerda que cuando le preguntó dónde había aprendido la gimnasia oriental le contó una verdadera fábula: «Me contó la historia de Kung Fu, pero con él de protagonista, que era un niño pobre del Muelle [Ferrol Vello] y que un día conoció a un anciano chino en un barco y que fue su maestro». Para entonces comenzaba ya a hacerse ver por Ferrol en un ostentoso automóvil, vistiendo abrigos con cuello de zorro polar y otras extravagancias.

Una máquina de hacer dinero

De pequeños masajes para resolver tirones musculares que daba sobre la propia lona del gimnasio pasó a una clínica de medicina china en la calle de la Tierra y, poco después, a un piso doble en el edificio Capitol, en pleno centro de la ciudad. Había comenzado su carrera y puso a andar una impresionante máquina de hacer dinero. Un fiscal que lo ha interrogado lo define como «una persona codiciosa». Un Avida Dollars que oculta su lujuria por el dinero en todo un entramado de formas y maneras. Ocurre también que engatusa principalmente a mujeres, que son las que ahora ejercen la acusación con más intensidad.

A la coruñesa Esther Fontán, que representa a uno de los colectivos de víctimas, la engañó sobremanera. Una mujer bien formada, porque los afectados no son precisamente los iletrados que van al sanador de aldea. Pertenecen a todas las clases sociales y sorprende la capacidad que tenía para mantenerlos como clientes, fidelizarlos con placebos. Regresaban una y otra vez y pagaban religiosamente. Por eso ahora se comprende su enfado con el desengaño.

Ana María L.V., que fue empleada de su clínica durante un largo período, ha declarado al juez instructor que Coté decía a sus pacientes que era neurocirujano o lo que hiciese falta. A veces les extraían sangre y la «centrifugaban» para luego devolvérsela al torrente sanguíneo. Alguno se creía que así le curaba de sus males. Otra trabajadora añadió que López inyectaba procaína, un anestésico. Evidentemente, las molestias de espalda tenían que pasar, al menos temporalmente. Luego había que volver... y pagar de nuevo.

Pocos meses de vida

No fue precisamente un español el primero en desenmascarar al falso médico, sino una ciudadana sueca residente en Mallorca. Aunque le costó lo suyo. A Marie Christin Persson le habían recomendado a Coté y, sin dudarlo, tomó el avión y viajó a Ferrol para que la tratase. Era abril de 1999 cuando la recibió en la clínica de la calle Real (edificio Capitol) y tras un primer examen le dijo que sufría una enfermedad degenerativa del sistema nervioso central, tumoral y progresiva, y que le quedaban pocos meses de vida.

Aunque iba a tratar de salvarla. Aprovecharía que tenía que acudir a una sesión científica, le dijo, a la Mayo Clinic, el prestigioso hospital de Estados Unidos y consultaría con sus colegas. Pero, mientras tanto, López le cobró una primera minuta de 300 euros (entonces, 50.000 pesetas). Días después, Coté le remitió un fax a Persson en la que le daba cuenta del resultado de su gestión: sí tenía el tumor que le había dicho, y le recetaba inyecciones con catalizadores. Esta es la técnica que siempre utilizaba el antiguo karateca: agrandar el mal, para ensalzar su capacidad de hacer el bien. Evidentemente, esta hercúlea tarea intelectual tiene un precio que se paga con lo que se merece

A punto de perder la pierna

Pero Marie Christin, viendo que le anunciaban su muerte, no se quedó parada. Pensó en recibir directamente la información de los doctores de la Mayo y allá se fue. Su sorpresa y enfado fueron mayúsculos cuando le dijeron que no conocían de nada al ferrolano y que el papel con el membrete del hospital americano que le había enviado por fax era un embuste. Aprovechó para que la examinasen y le dijeron que nada de tumor, sino que era la fibromialgia y otras dolencias menores las que le causaban el dolor. De regreso a España lo denunció y consiguió que lo condenase un tribunal de Ferrol, que ya lo había empapelado por otro caso de una mujer a la que realizó infiltraciones en una rodilla que a punto estuvieron de hacerle perder la pierna.

Fuente: La Voz de Galicia