Analía era joven, imaginativa, activa y de "mente abierta" (como solía decir). Estudiaba tercero de periodismo y aspiraba a convertirse en periodista del misterio, tal como se dice hoy día...
Analía creía en el alma, en la reencarnación, en Jesucristo, en un "Dios" personal a modo de energía cósmica; de ahí pasó a creer y a practicar la oui-ja, el tarot, la escritura automática y, no contenta con el fascinante mundo que se desplegaba ante sus ojos, se relacionó con grupos "esotéricos" que vieron en ella un filón de cualidades, por su credulidad y sus aparentes capacidades parapsicológicas.
Pues, como decía, estaba Analía estudiando un examen en su cuarto cuando, en el instante de un parpadeo, descubrió entre los apuntes una pequeña cruz. Una cruz extraña se acababa de materializar ante ella, de la forma más tonta. Una cruz latina de plata, recorrida por unos curiosos relieves en forma de rombos.
Sumamante extrañada, interrogó a todos los miembros de su familia, por si era de alguien, y ninguno la había visto en su vida. Tampoco ningún amigo, habiéndola visitado, se la había dejado olvidada.
De modo que Analía se compró una cadena de plata y se colgó la cruz del cuello, y la tuvo por evidente signo de que ella había sido "elegida". Todas sus creencias y expectativas proféticas quedaron refrendadas. Y cuando se topaba con algún escéptico, lo desafiaba altaneramente a que diera una explicación no paranormal del hecho... lo cual era, visto lo visto, imposible.
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Revelaciones del más allá
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