Sobre los políticos en las Islas Canarias, hace poco tiempo
Gozamos de algunos gobernantes que no nos merecemos. Nos quieren a rabiar. Todo un lujo. En esta tierra tropical, donde tenemos hasta bananos, no nos falta de nada. Podríamos convertirnos en una república bananera, sin hacer esfuerzo alguno. ¿O es que ya lo somos?
Cuando dirigentes políticos ejercen, paralelamente, cargos directivos en compañías petroleras internacionales, ¿no se produce una colisión de intereses? Mientras se estanca la investigación sobre energías renovables, nuestros inefables politiqueros confiesan haber tomado como objetivo vital el instalar gasoductos por toda nuestra geografía. Y nos lo presentan con fotos de un cielo impoluto. El lema para convencernos no puede ser más ingenioso: Nada más natural que el "gas natural". A los publicistas deben haberle crujido las neuronas. Tan natural es el gas, como el oxígeno que consume y el ozono que destroza con su combustión. ¿Dónde están los científicos que les aclaren las ideas a estos señores? Si alguien del gobierno es accionista de compañías petrolíferas, que lo digan. Así nos iluminaríamos más pronto
Traer gas licuado en buques-tanque, hasta una planta regasificadora, desde Libia, Nigeria, Bolivia, Argelia o Guinea Ecuatorial, países todos de reconocido "respeto" a los derechos humanos, ¿ es más racional que incrementar las investigaciones sobre energías renovables? Sol, viento, hidrógeno y
corrientes marinas no nos faltan. Y, estas energías, potencialmente aprovechables, no contaminan, de verdad. Han estado ahí siempre, desde el comienzo de los tiempos. Disponibles. Esperando a ser usadas. Sin agotarse, sin límites, sin crisis políticas ni alteraciones de mercado. Además, no servirían
para regalar capital propio a regímenes, cuando menos, indeseables. No hay que comprar voluntades para disfrutarlas. Ni fletar petroleros. Sólo invertir en investigación efectiva. Sin la hipoteca política del gas. Aparte del enorme perjuicio que se le ahorraría a nuestra sufrida atmósfera, no tendríamos el cargo de conciencia de estar subvencionando a polimillonarios políticos corruptos. Ni el peligro de que la planta gasificadora nos estallase un mal día, junto a una urbanización bien poblada. El riesgo puede existir.
Mientras menos gas "natural" tengamos, de mejor salud disfrutaremos. Por mí, que lo dejen donde la sabia naturaleza lo colocó: en el subsuelo de los desiertos.
Autor: Emilio del Barco
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